
Marta tiene 47 años y lleva tres con dolor lumbar. Trae una resonancia impecable, dos informes que coinciden y una frase que ha repetido tantas veces que ya la dice con desgana: «me han dicho que no tengo nada». Ha hecho los ejercicios. Ha esperado. Ha vuelto a empezar. Y el dolor sigue ahí, todas las mañanas, exactamente donde ella lo señala con dos dedos.
Técnicamente, nadie se ha equivocado. La prueba de imagen estaba indicada y está bien informada. El tratamiento inicial era razonable. Y, aun así, Marta sale de cada consulta con la sensación de que su problema no cabe en el papel.
No es que su dolor sea inexplicable. Es que lo estamos buscando en el sitio equivocado.
La prueba describe un tejido, no una experiencia
Durante décadas hemos trabajado con una idea sencilla y tranquilizadora: si hay dolor, hay daño; si encontramos el daño, encontramos la causa. Es una idea potente porque funciona bien en el dolor agudo, donde la relación entre lesión y síntoma es razonablemente directa. Un esguince duele porque hay un esguince.
Sin embargo, en el dolor persistente esa correspondencia se rompe. Los estudios de imagen en población asintomática llevan años mostrando lo mismo: hallazgos degenerativos, protrusiones y signos de desgaste en personas que no tienen ningún síntoma. El hallazgo existe. La correlación clínica, muchas veces, no.
Aquí aparece con claridad el problema de fondo. La resonancia responde a la pregunta «¿qué aspecto tiene este tejido?». Marta ha venido a preguntar otra cosa: «¿por qué me duele y qué puedo hacer?». Son preguntas distintas, y solo una de las dos tiene respuesta en el informe.
Lo que sí explica el dolor persistente
El dolor no se mide en el tejido: se construye en la persona. Es una salida protectora del sistema nervioso, modulada por lo que ese sistema interpreta como amenaza. Y esa interpretación se alimenta de tres fuentes que casi nunca aparecen en un informe: el estado del propio sistema nervioso, el contexto de la persona y su biografía.
El primero es fisiológico. Cuando el dolor se mantiene en el tiempo, el sistema nociceptivo se vuelve más eficiente en su tarea: baja el umbral, amplía el territorio, responde antes. No es imaginación ni exageración. Es plasticidad, funcionando exactamente como está diseñada para funcionar.
El segundo es contextual. El sueño roto, la carga de trabajo, el miedo a moverse, el aviso bienintencionado de que «tengas cuidado con esa espalda». Todo eso modifica la ecuación de la amenaza. Modifica, por tanto, el dolor.
El tercero es biográfico. Lo que la persona ha entendido de su problema, lo que le han dicho profesionales anteriores, lo que ha perdido por el camino: el trabajo, el deporte, la confianza en su cuerpo. Marta no llega solo con una espalda. Llega con tres años de conclusiones sobre su espalda.
El dolor persistente no es un síntoma que ha durado demasiado. Es un problema distinto.
Qué cambia en la consulta
Si el marco cambia, la entrevista cambia. En la práctica real, esto se traduce en tres preguntas que rinden más que cualquier maniobra añadida.
1. «¿Qué crees tú que te pasa?»
No es una pregunta de cortesía. Es la que revela el modelo explicativo con el que la persona convive: si cree que tiene la columna «desgastada», que se le puede «salir algo» o que moverse lo empeora, ese modelo está gobernando su conducta mucho más que cualquier recomendación nuestra. No se puede tratar lo que no se ha escuchado.
2. «¿Qué has dejado de hacer?»
La pérdida funcional dice más del pronóstico que la intensidad del dolor. Alguien con un siete sobre diez que sigue trabajando, saliendo y moviéndose está en una situación clínicamente distinta a alguien con un cuatro que ha dejado de salir de casa. La segunda persona tiene menos dolor y más problema.
3. «¿Qué te gustaría volver a hacer?»
Esta convierte el tratamiento en un objetivo compartido y no en una lista de ejercicios. Y devuelve algo que el dolor persistente erosiona sistemáticamente: el sentido de agencia, la sensación de que lo que uno hace influye en lo que a uno le pasa.
Explicar no es tranquilizar
Existe la tentación de resolver todo esto con una buena explicación. Contar cómo funciona la sensibilización, enseñar un esquema, confiar en que entender alivia. La educación en neurociencia del dolor tiene respaldo, y no poco: mejora el conocimiento sobre el problema y reduce el catastrofismo y el miedo al movimiento.
Pero conviene ser honestos con su alcance. Explicar, por sí solo, rara vez basta. Su efecto es mayor cuando acompaña a la exposición gradual al movimiento, cuando se ajusta al lenguaje y a las prioridades de esa persona concreta, y cuando no se administra como una charla sino como una conversación. La explicación abre la puerta. Cruzarla es otro trabajo.
Y hay un matiz que se nos escapa a menudo: decirle a alguien que su dolor es real y que su resonancia está bien no es lo mismo que decirle que no tiene nada. La primera frase valida y orienta. La segunda cierra la puerta y deja a la persona sola con el problema.
El error no es del profesional
Es fácil leer todo esto como una enmienda al compañero que pidió la resonancia o que dio la explicación de los cinco minutos. No lo es. En una consulta con la agenda llena, la prueba de imagen es la herramienta que el sistema pone a mano y la explicación breve es la que el tiempo permite.
El problema no es de voluntad, es de diseño. Formamos en identificar estructuras, organizamos la asistencia en episodios y evaluamos en altas. El dolor persistente, en cambio, exige razonamiento, trayectoria y continuidad. Le pedimos a un modelo pensado para lo agudo que resuelva lo que por definición no lo es.
Marta no necesitaba otra prueba. Necesitaba que alguien mirara el conjunto y se lo devolviera en un lenguaje con el que pudiera hacer algo. Eso no aparece en ningún informe. Pero cabe perfectamente en una consulta, si sabemos qué estamos buscando.
Para seguir leyendo
- Moseley GL, Butler DS. Fifteen Years of Explaining Pain: The Past, Present, and Future. The Journal of Pain. 2015.
- Louw A, Zimney K, Puentedura EJ, Diener I. The efficacy of pain neuroscience education on musculoskeletal pain: a systematic review of the literature. Physiotherapy Theory and Practice. 2016.
- Nijs J, et al. Nociplastic pain criteria: a framework for clinical reasoning. The Lancet Rheumatology. 2021.
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